Saturday, November 18, 2006

La excéntrica señora d'Este


Cuando promediaba 19 años, que parecían 16, opté por abandonar un gris porvenir burocrático en la política y una insulsa carrera universitaria, resuelto a emprender una ansiada marcha a Londres. No pensaba en el lugar común de viajar para “encontrarme a mismo”; estaba decidido a dejar de ser quien era.
Bajo la mirada atónita de mis padres --mirada escrutadora, mirada de estudio-- emprendí el viaje hacia el otro lado del océano Atlántico, con una gran valija llena de posibilidades y varios cuadernos blancos para anotar la vida. Tenía fe, entusiasmo, y muchas, muchas expectativas.
Llegué a Londres una mañana de principios de marzo. El frío no calaba en los huesos como me habían contado. El aire tenía buen sabor y buen olor. Inmediatamente abordé un doble autobús rojo desde el cual, entre dormido y despierto, se me fue presentando una ciudad de límpidas y magistrales avenidas.
Victoria era la última parada. Desde ahí fue fácil encontrar Ashley Gardens y dar con Ambrosden Avenue, un largo camino de majestuosos edificios victorianos que enfrentaban su mirada soberbia –me encantó que así fuese—a la catedral de Westminister.
Cuando logré entender la extraña lógica de la numeración, toqué el timbre del 64.

-Jessica no está, pero me avisó que vendrías, pasa.

El sitio que había concertado para pasar mis primeros días de vida en Londres me transportó inmediatamente. Era un gran departamento, dentro del cual había otro pequeño departamento, varias estancias atiborradas de muebles y ornamentos antiguos, un largo pasillo de piedra levemente iluminado y un ordenado desorden de libros apilados incapaces de sostenerse en su lugar.
No hacía falta conocer a la autora de ese espacio para saber que no se trataba de cualquier mujer. Del centro de su habitación, iluminada por esculturales lámparas de bronce, colgaban, contra las leyes de la gravedad, las ramas de un árbol seco de cuyas prolongadas ramificaciones pendían animales disecados. En medio, los ojos de un búho lanzaban una mirada desafiante.
En medio de ese paisaje pasé una suave noche. Sólo conocí a Jessica al día siguiente, cuando, pasado el medio día, entró a mi habitación con un sumo para mí, una dulce voz y una imagen cinematográfica que remitía a otras épocas. Tenía que salir y quería aprovechar para mostrarme algo de Londres.
De un salto me puse de pie y al poco tiempo estuve listo a partir. Ella se había puesto un elegante abrigo y un sombrero de plumas que le daba un aire insólito. Al poco tiempo descubrí que su variada indumentaria consistía en cambiar constantemente de sombreros. Lo demás era siempre igual. Todo negro.
A los cinco minutos de caminar juntos, su mente veloz, llena de ideas y llena también de picardía, había conseguido cautivarme. Se desplazaba por las calles segura del rumbo, con un decimonónico aire de distinción que dejaba entrever su locura en pasos acelerados y en impunes saltos de conversación. Abrumado de emociones, trataba de seguirla.
Jessica percibía, con clarividencia, todo lo que quería y necesitaba. En seguida empezó a idear planes para mí y se le ocurrió que yo podría ser uno más de sus inquilinos. Brillé ante la sola posibilidad, pero, cuando nos sentamos a hacer números –la mujer no era neófita en la materia-- supe que la idea era descabellada. Una habitación en Ashley Gardens podía costar una fortuna. Yo podía soñarlo, pero mi billetera tercermundista era incapaz de hacerlo.
Jessica había heredado ese territorio de su último esposo y subsistía a partir de todo tipo de acuerdos con inquilinos o huéspedes ocasionales. Dentro de su amplio piso había creado una subdivisión que formaba un estamento aparte y, en el otro extremo, un pequeño bed and breakfast en el que recibía a distinguidos visitantes.
Los altos alquileres de la zona –a sólo seis cuadras de Buckingham, dos de la estación Victoria, seis del Parlamento-- le habían facilitado una vida modesta que le permitía dedicarse a la poesía y darse algunos gustos suntuarios. Recluida en la última de las habitaciones que le quedaban libres, pocas noches se iba a acostar sin una copita para beber, sino es que tuviera alguna buena idea en mente para gozar a pleno de la vida cultural londinense.
No había forma de que un joven plebeyo y mortal, al que en poco tiempo se le terminarían los ahorros, pudiera quedarse allí. Londres me había recibido con grandeza, pero no había forma de sostenerla por mucho más tiempo. Una semana después tuve que salir de aquél mundo de fantasía y buscar un sitio de acuerdo a mi escala social.
Fue difícil encontrar un departamento que se ajustara a mis presupuestos. Tuve que desplazarme río abajo, hacia el indigno sur de la ciudad, donde encontré a un escritor obsesivo y maniático, de muy ingleses modales, que me alquiló una habitación. Por las noches, al llegar tarde a casa, debía subir las escaleras de puntitas porque el menor ruido sería el reclamo del día siguiente.
Tampoco fue complicado encontrar un trabajo que me permitiría subsistir como camarero en un pequeño restaurante, mientras hacía cursos de inglés por las tardes y trabajos voluntarios en mi Embajada, para un día no muy lejano conseguir mejor vida. Cuando llamé a Jessica para contarle que estaba establecido se puso muy contenta y me dijo cuan orgullosa estaba. Dejé de verla por mucho tiempo, no tenía demasiados pretextos para frecuentarla y mis tiempos libres se volvieron escasos.
Pronto me ofrecieron un trabajo extra, en el que muy temprano limpiaba los pisos de un pub, por el que cobraba una nada despreciable cantidad de libras. Estudiaba, hacía méritos y por las noches atendía el restaurante. Durante varios meses me dediqué a esos menesteres de sol a sol. El Londres del proletariado no era exactamente el que había conocido en los libros ni el que había visto en las películas, pero confiaba.

Pero el futuro demoraba y yo comencé a desesperar. El ministro de la Embajada me había asegurado que el primer lugar disponible sería mío, pero llegó el verano y la situación seguía igual. Cansado y harto de realizar trabajos forzados, aunque ya con algunos ahorros, decidí irme a viajar unas semanas esperando que alguna buena noticia cambiara mi destino y me permitiera establecer en términos más nobles.
Esperando alguna novedad, recorrí las tierras de James Joyce, dolientes y lluviosas, en las que no había otra opción que internarse en los bares a beber whisky y escuchar una gaita tocar. Volví a Londres, pero aún no había noticias. Marché a Edimburgo, recorrí todo el Distrito de los Lagos y volví a Londres, pero aún no había noticias; visité varias pequeñas, pintorescas, pero insípidas ciudades. Regresé a Londres, pero aún no había noticias.
Era la primera vez en la vida que no lograba lo que me proponía. Ni mi arrojo ni mi obstinación habían sido suficientes para conquistar Londres. Así que cansado de la vida insular, incapaz de encontrar allí rumbo y sustancia, crucé al continente. A pesar de mi desolación, pasé algunos momentos de felicidad farmacológica. Agosto en Bélgica, al lado de mis primos, me devolvió el color y pude olvidar un rato mi fracaso.
Viajé después al sur de Francia. En una pequeña ciudad cerca de Montpellier, unos viejos amigos de mis padres me brindaron la calidez que Inglaterra me había privado. Pasé el resto del verano bebiendo vino rosado, deglutiendo suculentos quesos y leyendo a Julio Cortázar sobre las piedras de un solitario río.
Cuando el verano se acercaba al final, mientras recorría los castillos del valle del Loire, recibí la noticia que tanto había esperado. No había una posición en la Embajada, pero había un lugar de medio tiempo en el Consulado. Me dedicaría unas horas al día a hacer visas y pasaportes; tanto mejor que limpiar pisos.
Antes que contarle a nadie más tomé el teléfono y le hablé a Jessica para contárselo todo. No tenía a donde llegar en Londres y le pedí que me recibiera nuevamente en su hogar. Mi sueldo no sería una fortuna, pero algo podríamos arreglar.
Fue hermoso estar nuevamente en Ashley Gardens. Hicimos un arreglo a través del cual yo pagaría el 60 por ciento de mis haberes en alquiler y cubriría el honor de vivir allí con algunos “trabajitos” para ella. Las cosas no estaban muy claras. Cerrábamos un acuerdo, pero al rato ella surgía con nuevas ideas. Ya todo podría pasar, pero nadie me movería de allí.
Una mañana en la que todavía brillaba el sol del verano salimos a pasear con Luca, su pequeño nieto, y Ana, una mucama italiana que más que dedicarse a lo suyo gritaba de un extremo al otro de la casa impartiendo órdenes de limpieza a los inquilinos. Desde el principio fui su principal víctima.
Pero en un inicio reinó la más absoluta armonía. Aquella mañana, los diarios daban la noticia de la muerte de la princesa Diana que había conmovido a todo el país. La gente lloraba en los parques y demostraba públicamente su emoción de un modo poco habitual en Albión. Nos sentamos a leer los tabloides en un pequeño parque, próximo al Parlamento, tomamos té y comimos cucumber sandwiches, tal y como dictaban las buenas maneras. Inmediatamente había pasado a ocupar un lugar en la familia.
Al volver a casa, escribió una larga lista de verduras que compré en el mercado y me enseñó a hacer una gran conserva que sería nuestro alimento para las próximas semanas; ella no comería otra cosa en casa. Paso a paso me explicó los pormenores para preparar una sopa nutritiva. Cuando explicaba las razones del tomate, del ajo y la cebolla yo escuchaba con deleite cómo los vegetales hacían poesía.
Al poco tiempo, llegaron dos chicas mexicanas que permitieron que nuestro acuerdo tomara mejor forma. Los tres ocuparíamos el pequeño apartamento, inserto en medio del suyo. Mariana y Ángela, como se hacían llamar, no parecían entender la magia. Más que encontrar a una diva de otros tiempos, vieron en Jessica a una bruja medieval. Aceptaron vivir allí, pero pronto se sintieron cenicientas. Se burlaban de mi ensueño frente a Jessica y de las costumbres que había terminado por imitar.
A partir de entonces viví dos realidades. Puertas adentro, vivía la vida normal. Las chicas habían traído en forma grotesca una cultura que yo buscaba a toda costa extirpar; comían todo el día y hacían ruido. Pero puertas afuera, vivía en el mundo de Jessica d’Este. Recibía a sus excéntricas visitas y me consagraba, felizmente, como el orgulloso mayordomo de la gran poetisa.
Lo que vivía allá afuera era mío y sólo mío. No podía compartirlo con nadie más que no fuera con Mrs. d’Este. Mariana y Ángela no lo entendían y yo tampoco podía perder el tiempo en explicarles. Mientras cortaba y ordenaba poemas de colores, que trataba de entender, ellas sólo podían perturbarme. Su conversación era un tedio y sus maneras, absolutamente ordinarias.
Jessica habitaba un mundo paralelo que sólo tangencialmente parecía conectarse con el real. Vivía todo con gran intensidad y era capaz de dar giros cósmicos hasta a las cosas más mundanas. Cuando salíamos a caminar nos burlábamos del carácter inglés, reíamos de la especie que puebla este mundo, de los seres vivos que parecen muertos, de los que te ven sin mirarte.
Casi todo el tiempo en Ashley Gardens se iba en las labores domésticas. Aunque había poco espacio para conversar con Jessica, ocasionalmente se daban esos momentos en que hablábamos muy cerca y sus palabras –melodía en mis oídos- se renovaban en mi corazón. Ya no me importaba lo que opinaran mis cohabitantes de la extraña relación que tenía con nuestra landlady. La lección era nunca, nunca, tratar de hacerles entender. Jessica y yo habíamos hecho un acuerdo de trabajo bastante ambiguo. A cualquier hora ella tocaba a mi puerta para pedirme que llevara algún sobre al correo, para que llevara las sábanas a la lavandería, para que comprara más verduras para la conserva o para que dejara lista la mesa del breve desayuno que tomaría al día siguiente algún nuevo inquilino. Todo debía estar perfectamente acomodado para que se llevaran la mejor impresión de Ashley Gardens.
Al principio había realizado aquellas labores con suma dedicación, sintiendo la responsabilidad de las altas diligencias que me encomendaba y embelesado por la forma en que me daba las necesarias explicaciones. Sin embargo, llegó un momento en el que sus incursiones en mi alcoba, en cualquier día y a cualquier hora, comenzaron ser algo invasivas. Entre una cosa y otra, y mis estridentes compañeras de apartamento, encontraba pocos momentos para lo que esperaba que fuera “mi propia creación”.
Seguí tolerando la situación, porque me sentía viviendo en un refugio poético. No necesitaba, no quería y no podía ver más allá de eso. Había comenzado a ver defectos en Jessica, pero entendía como tan enaltecidas sus virtudes que estaba dispuesto a soportarlo todo.
Al poco tiempo llegó a habitar la casa Margaret, una dama berlinesa de elegantes figuras que trajo un aire fresco a la residencia. Tenía un exquisito orden en la mente, una mirada que me gustaba sostener y un sentido del humor inigualable para manifestar su mal de amor.
Hice pronto una buena amiga. Había en ella una mezcla rara entre ternura y psicosis, después de haber pasado tiempos difíciles. De hecho, su padre había sido un maniaco-depresivo y su madre, una mujer con recurrentes crisis emocionales. La pobre había tenido que cuidar de ellos toda la vida, hasta que al fin había conseguido alejarse.
Por las tardes se sentaba a tocarme el piano. Sus manos –largas, frescas, blancas, y hermosas- se movían dulcemente por las teclas ensayando melodías de Chopin, mientras el sol entraba por le ventana aliviando nuestras amarguras.
Un domingo salimos todos, hijos y nietos, a tomar el té a Holland Park. Mientras nos retratábamos entre las flores y las hojas del otoño, Jessica volvía a convertir las pláticas del orden común en burbujas de colores. La tarde había tomado nuestra forma y nosotros habíamos tomado la forma de la tarde. Nos sentíamos los unos a los otros a través de sonrisas y palabras. De pronto Jessica se dio vuelta y me dijo, ahí, frente a todos:

-- ¡Oh, Sebastián! ¿Te das cuenta de lo afortunado que has sido de conocerme?

Como sus hijos comenzaron a reír, ella agrego:

--Bueno, y lo afortunada que he sido yo en conocerte.

Esa tarde Jessica no podía parar de hablar. Estaba como poseída. Después de escucharla un rato, los presentes se cansaron y comenzaron a irse. El único que quedó por ahí, fingía dormir junto a un árbol. Sólo estaba yo.

--Estoy llena de cosas que decir, Sebastián. ¿Te quedas conmigo un rato?

No lo dudé un minuto. Me quedé ahí, escuchando cómo mi señora hablaba hasta por los codos. Hablaba y hablaba acerca de la “gran verdad”, la verdad que está allá arriba, en el cielo o en cualquier parte; de esa verdad con la que todos, en algún pedazo, en algún momento o de alguna forma, nos conectamos entre sí. Yo la escuchaba extasiado y la fotografiaba. Quería que ese momento fuese inmutable, imperecedero, inmóvil. Ese día tuve la impresión de que nuestra unión era indestructible.
Una mañana me topé con la noticia de que Margaret había decidido marcharse. Estaba triste y disgustada. Había discutido con Jessica y no estaba dispuesta a vivir un día más en esa casa. Eran asuntos del orden común. Ella hablaba de abusos, de alquileres elevados y de qué sé yo. Nada que me interesara mucho escuchar, salvo que la noticia me dolía. Antes de despedirse se sentó al piano, mientras yo bebía mi taza de té como queriendo sumergirme en ella para disipar el frío otoñal.
Unos días después, las mexicanas también anunciaron que se iban. Aliviado ante la noticia, comencé a soñar que llegaría a Ashley Gardens la paz que tanto se merecía. Cuando la casa quedó vacía, sin embargo, vinieron nuevos problemas. No era posible mantener el lugar con inquilinos ocasionales y el pequeño apartamento que yo habitaba resultaba insostenible con mi solo alquiler. Inició así una difícil negociación. Para mantenerme allí, tendría que pagar más y hacer más trabajos. Empecé a sentir que tal vez Margaret había tenido razón, que estaba dentro de un feudo y que mi posición no era precisamente la de un buen señor.
Con el tiempo, todas mis rutinas se habían ligado a las necesidades de Jessica. Ya no podía estar tranquilo en casa sin que me pidiera algo o surgiera algún imprevisto que urgentemente tuviera que solucionar. Así que comencé a evitar Ashley Gardens. Había esperado aprender más de poesía que de las artes del servicio doméstico y, aunque ella insistía en que yo estaba “recibiendo una importante educación”, la idea de ser un camarero in situ –al que además exprimían con un mayor alquiler—me parecía inadmisible.
Los hijos de Jessica ya me habían advertido el peligro, todos lo habían hecho. Todos se habían ido. Pero hasta entonces, había creído que algo justificaba mi presencia en ese lugar. Por primera vez empecé a pensar en irme y se lo fui a decir recordándole que, cualquiera que fuese mi decisión, pasara lo que pasara entre nosotros, en nada cambiaría lo que sentía por ella.

--Lo sé, -me respondió- y admiro lo que dices. ¿Sabes por qué? Porque ni siquiera un hijo mío sería capaz de decirlo. El hecho de que puedas hacerlo quiere decir que sabes de qué se trata realmente el amor.

Salí a ver cuartos de alquiler. Vi uno, vi dos y vi tres que me asustó el solo mirar. La simple idea de pasar allí sólo el crudo invierno me aterró. Un día me presenté con uno de esos discursos que se ensayan previamente para convencerla de que lo ordenáramos todo. Teníamos que separar vida del trabajo, poner horarios. Finalmente, llegamos a un acuerdo y ella incluso aceptó mantener mi alquiler al mismo costo. Ilusionado otra vez, me establecí en una gran habitación que miraba al norte.

Un día llegué a casa llorando el mundo. No sé qué había pasado.

--¿Así es el mundo real?—le pregunté.
--No, es peor –me respondió—mucho peor.

Su respuesta me sumergió en el más profundo llanto, que ella supo calmar con sabiduría.

--¿Qué hay que hacer entonces si el mundo es eso? –insistí con la mayor ingenuidad de la que era capaz, como buscando en ella la clave, la llave, la salida.
--Estar en el mundo, pero no ser parte de él.

Tuvimos una más de nuestras charlas. “Yo sé que tu no te quedas aquí por miedo –me dijo--, ni porque seas un niño ni porque seas débil. Estás en Ashley Gardens porque aquí estás aprendiendo algo y estás viviendo otra dimensión de la realidad”.

Después de aquél episodio sentí que me debía más a Ashley Gardens. La idea de establecer horarios muy pronto se mostró imposible. Yo mismo comprendí que era una pretensión absurda querer regirnos por los criterios del mundo exterior. Así que me dediqué con esmero a sacarle el mejor brillo al lugar.
Al poco tiempo llegaron parientes de Bélgica. Ella los recibió afectuosamente y les rindió honores que nunca había ofrecido a ninguna de mis visitas. De pronto Jessica era toda bondad y flexibilidad. El sol volvió a entrar por la ventana como no había entrado desde las tardes en la que Margaret me tocaba el piano. Jessica pareció entenderme como nunca y aceptó enseñarme a escribir.
Una noche golpeó a mi habitación. Ya era tarde, pero ella desbordaba. Necesitaba hablar una vez más. Comenzó a contarme historias de su vida. Lo que más recuerdo fue cómo alguna vez sobrevivió de la venta de sus propios jugos gástricos. Se colocaba unos tubos por la nariz que iban directamente al estómago y desde allí los extraía. Sus secreciones eran pagadas a buen precio por un laboratorio que realizaba estudios con ellas.
Esa noche le dije que quería transformarla en un personaje literario y le pedí que me contara su vida para escribir una gran historia. Pero ella rechazó la idea.

--No quiero y no necesito que el mundo sepa de mí. Eso es una absoluta banalidad. Lo que a mí me interesa es comunicar la esencia, los sentidos, las cosas importantes. Por eso escribo poesía.

Después me escuchó con mucha atención. Mis pequeñas y mis grandes preocupaciones. Hasta esa noche, siempre había sentido que era yo quien la escuchaba. Ahora, por primera vez las palabras comenzaron a surgir de mí con fluidez, en un inglés mejorado, y ella ponía mucha atención. Ya no era necesario explicarlo todo en los términos de este mundo. Los gestos bastaban para que pudiéramos explicar lo que no alcanzábamos a decir con palabras.
Se acercaba el mes de diciembre. Grandes fiestas comenzaron a organizarse en Ashley Gardens. Eran noches de poesía en las que Jessica recibía a la aristocracia poética londinense –previo pago de módica suma— y les ofrecía pequeños manjares, vino y champaña durante toda la noche. Era un deleite verlos llegar, elegantemente ataviados y divertido observar como se transformaban a medida que cundía el alcohol.
Yo tenía que recibirlos en la entrada, vistiendo una etiqueta que Jessica había improvisado para mí, tomar sus pesados abrigos y ofrecerles una copa. Para cuando Jessica comenzara su performance poético los invitados debían haber bebido lo suficiente como para sensibilizar sus oídos y atender el momento en que la anfitriona recitaba sus versos de memoria, alegremente musicalizados con el piano.
Cada una de esas fiestas implicaban un esfuerzo enorme. Las tareas comenzaban varios días antes. Había que elegir los vinos, comprar los alimentos y lustrarlo todo. La casa tenía que brillar. Así pues, se me encomendó la tarea de sacar lo mejor a la plata de Ashley Gardens, la última tarea que cumplí con absoluta convicción, fiel al sentido de que el éxito de aquéllas fiestas era también mi éxito.
Las jornadas festivas fueron extenuantes. No cabía duda que era necesario contratar personal para atender sus noches poéticas, pero a ella le pareció suficiente que Ana y yo desempeñáramos solos la tarea. Como era habitual, Ana hacía de matrona, impartía instrucciones y yo era quien debía correr de un lado a otro durante toda la noche. Para colmo, ella daba unas órdenes y Jessica daba otras. Era un caos generalizado.
Una noche, después de dos días de estrépito y con un cansancio agotador, me di a beber más de la cuenta. En principio, no había ningún problema de que bebiera en las fiestas. Además, había un momento en el que había tanto alcohol en el aire que nadie notaría a uno más. Pero esta vez fue distinto y cuando habían pasado las dos de la mañana, dejó de importarme que las cosas salieran bien.
Ana y Jessica seguían abrumándome con sus instrucciones, más y más pedidos no acordados se sumaban a mi lista de trabajo. Ya casi todo el mundo se había ido, pero la fiesta no había terminado. De repente, de un momento a otro, me dirigí hacia la puerta y cuando nadie me vio abandoné el lugar.
No volví hasta la tarde siguiente. Era domingo y los rezagos de la fiesta todavía estaban ahí. Nadie había limpiado nada. Jessica había enfermado y Ana, aunque estaba ahí, no hacía nada. Cuando me escuchó llegar, mi señora se levantó de la cama y me pidió que terminara de limpiar. Le expresé mi inconformidad.

--Es la vida, me dijo.
--No, no es la vida –le respondí como nunca lo había hecho-- y deja de hablar poéticamente cuando lo que estás haciendo es explotar y abusar de la gente.

No se escuchó nada más. Jessica no respondió. Yo ni siquiera me volví para verla. Lo único que alcancé a observar fue la incrédula mirada de Ana. Después de eso, no hablamos en varios días, hasta que un día estaba cocinando algo y, al escuchar la alarma final del horno de microondas, salió a hablarme en un tono neutro y gris, muy bajito:

-- Perdóname. No quiero que utilices mi horno.

Como no lo entendí, repitió, las mismas palabras en diferente orden. No dispuesto a argumentar solo asentí. Luego ella dijo algo aún más bajito, como quien no quiere exaltarse ni escuchar demasiado sus propias palabras.

--¿Qué dijiste? No te escuché.
-- Que te doy un mes de aviso.
-- ¿Aviso para qué?.
-- Para que te marches. Esto me está tomando demasiada energía. Tú me estás tomando demasiada energía.

Solo en mi habitación, pensaba y no creía. Es irónico, pero siempre había supuesto que sería yo quien tomaría una decisión así, no ella. Sin embargo me quería sentir orgulloso. No había sido yo el primero en rendirme. Hasta ahora, los demás habían abandonado el mundo Jessica porque no podían con ella. Esta vez era ella la que no podía conmigo.
Cuando comprobé que su decisión era irrevocable, la química del miedo se virtió por mi sangre. Me vi una vez más solo en Londres. Solo como había estado durante mis primeros meses, entre paredes grises y frías, en solo y cotidiano retraimiento. Pensé en tomar el primer avión y volver.
Un whisky devolvió a mi sangre ácida un poco de dulce. Una vez más surgió de mí el estoicismo y salí a la calle a buscar un lugar para vivir. Nevaba. Por primera vez en mi vida veía caer copos blancos. La idea de salir a buscar un refugio en esas condiciones sonaba dramática, pero decidí jugar al Carlos Gardel.
Tenía que manejar las cosas fríamente. No había ya espacios para el corazón. Necesitaba encontrar una vivienda y necesitaba, definitivamente, pasar a mejor vida. Ya no podía seguir subsistiendo con un trabajo de medio tiempo. Tenía que asegurar de otra forma mi presencia en Londres.
Al poco tiempo, encontré una carta debajo de mi puerta en la que Jessica expresaba su “respeto hacia mí y hacia mi familia”, pero reiteraba el aviso que me había hecho, informándome que había encontrado un buen cliente que se mudaría hacia finales de año y prefería pagar directamente a “gente adulta” por los servicios que le brindasen.
Los ánimos parecían haberse caldeado. No sabía que, en realidad, todavía faltaba enfrentar lo peor.
Llegó así la más esperada de las fiestas. La noche anterior, le había comunicado a Jessica que estaría ocupado durante el día buscando posibles sitios para mudarme y comprando regalos para la navidad. De buena manera aceptó que no fuese parte de los preparativos. A cambio de eso adelanté el trabajo de pulir 500 cubiertos la noche anterior. Consciente de que era mi último trabajo como mayordomo, disfruté el brillo que se producía al frotar el paño de silvo contra el metal, y disfruté del pequeño Luca, que observaba fascinado mis actividades.
Terminé cansado esa noche. Las semanas de tedio y los problemas cotidianos me pesaban y ansiaba que el año terminase de una vez. Cuando regresé a casa la actividad festiva había comenzado. Jessica me había eximido de cualquier obligación durante la noche y sólo me había dicho que me dedicase a disfrutarla.
Sin embargo, de pronto algo pasó que empezó a cambiarlo todo y a impartirme nuevamente instrucciones, a medias y apurada, en medio de una irracionalidad y un clima de tensión desproporcionados. Como era el último día decidí que no había razón alguna para el stress ni para ser parte de la locura general.
Moño al cuello, me vi una vez más en la puerta, recibiendo gente, sirviendo champagne y cargando abrigos. Nuevamente Jessica pretendía que yo hiciera todo a la vez. El ritmo era otra vez siniestro.
Mi disgusto fue en aumento. Ya no veía ninguna emoción en todo aquéllo. La gente me empezó a parecer falsa, estúpida y sin sustancia real. De pronto el mundo de Jessica me pareció lleno de aduladores y la idea de que ella se dejase adular e hiciera esas fiestas para ser el centro de atención de unos cuantos esnobs e infelices me hizo perder el respeto a todo.
Aunque mantenía la británica formalidad que había aprendido, en el fondo mi actitud era la de un absoluto patán. Jessica y Anna, mientras tanto, me trataban como a la peor de las servidumbres. Cuando el show iba a comenzar y todos los invitados pasaron al salón, Jessica no tuvo empacho en pedirme que me quedase pegado en la puerta de entrada, para no interrumpir el espectáculo en caso de que alguien tocara el timbre.
Obedecí, a pesar de que tenía muchas ganas de verla actuar por última vez. Jessica recitaría, frente al pequeño Luca, un poema que le había escrito especialmente en el que explicaba los actos poéticos como quien forma en el aire burbujas de jabón. Al escucharlo, Luca reaccionaba con risas y corría a su encuentro.
No tuve más alternativa que permanecer marginado durante todo el tiempo que duró el acto, a pesar de que nadie golpeara la puerta. Ya hacia el final, sin embargo, enfadado con esa absurda situación, comencé a espiar por una ventanilla. Quería registrar algunas fotografías de esa, mi última fiesta en Ashley Gardens.
Allí dentro estaba Jessica, tan obsequiosa como siempre, mientras el pequeño Luca recibía sus versos. Al asomarme, Luca inmediatamente me vio, se distrajo, comenzó a reírse, y dejó de prestar atención a su abuela. Lo peor fue que también la atención del público se dirigió hacia el castigado que no podía entrar. El acto estelar de Jessica se había arruinado.
Cuando el espectáculo terminó, Jessica se acercó a mi con una furia que nunca le había visto.

-- Quiero que te vayas ahora mismo de esta casa y que no se te ocurra pisarla nunca más.

Y siguió vertiendo su odio hacia mí, diciendo que la había traicionado. La misma pasión con que alguna vez me había dicho las cosas más hermosas hoy me destruía. Aunque todo parecía una vulgar telenovela, mi vista se nubló y un nudo me cerró la garganta sin que pudiera yo siquiera hablar.

No me di cuenta que había alguien más escuchando hasta que noté que Giulia, la hija mayor de Jessica, se acercó y dijo:

-- Cómo puedes tratar a la gente de ese modo. Me voy de aquí. Sebastián, tu vienes conmigo.

A toda velocidad comencé a guardar mis cosas. En medio del salón principal, comenzaron a salir cajas y más cajas. La escena hablaba por sí misma. Los invitados observaban anonadados, mientras los hijos de Jessica me ayudaban a huir, devolviéndome al mundo normal.
Yo estaba eufórico. Ya no pensaba en despedidas pacíficas, ni en nada. Sólo cargaba con mis montones de cosas queriendo salir lo antes posible. En medio de eso, Anna –que no parecía haberse enterado de nada-- me seguía gritando y pidiendo que sacara la basura.
Sarcófagos y más sarcófagos salían por la puerta, mientras Jessica ni se inmutaba. Anna solo se convenció de que me iba cuando me vio en la puerta. Su preocupación entonces era que no podía irme sin antes comer el pastel que había preparado. Rápidamente fue a traerme una porción en un plato de porcelana china. Y me acercó un bocado:

---Eat it-- me dijo en su precario ingles--, eat it.

Comer un pastel no era realmente mi principal preocupación en ese momento. Lo único que quería era huir. Sin embargo ella insistía en que era muy importante que comiera un pedazo de pastel. Ante mi negativa, y después de ver mis ojos llorosos, lo envolvió en una servilleta y me lo metió al bolsillo de la chamarra.

--Ven acá –me dijo—dame un beso. Tienes mi teléfono. Llámame si lo necesitas.

Al día siguiente volví a buscar algunas cosas que me faltaban. Cuando llegué estaban todas tiradas en la puerta de casa, exactamente en el mismo lugar donde se deposita la basura. Faltaba mi cámara de fotos, así que utilicé mi llave para entrar. Dos pesadas cajas habían sido colocadas en la puerta para evitar que entrase. Al escuchar el ruido que provocó mi llegada Jessica y un sujeto desconocido vinieron a mí en actitud desafiante.

-- Dame las llaves –gritó. Y llévate toda tu basura, toda. No me dejes nada. Ya tuve suficiente de tu basura.

En ese momento tuve la clara noción de que Jessica estaba completa y absolutamente loca. No pude sino comenzar a reírme. Era un hombre libre. Ya nada me obligaba a ella y sentía un gran alivio. Ya no necesitaba discutir nada ni compartir con ella obsesión alguna.
Durante las semanas siguientes, la suerte me acompañó. Recurrí al ministro de la Embajada y conseguí que me rescatara del consulado y que me gestionara un ascenso, por tiempo completo, como nuevo archivista de la Embajada. Lejos de cualquier tipo de trabajo doméstico, mi vida en Londres sería mucho más cómoda.
Me quedé en Inglaterra varios meses más. Durante las semanas siguientes a mi salida de Ashley Gardens me situé en una alegre tranquilidad. No quería ver a nadie y fui feliz de que Giulia me dejara su departamento durante sus largas vacaciones en las que no hice más que dedicarme a leer.
Mi nueva posición me permitió alquilar un lugar propio cerca del SOHO y hacer varios cambios. Ya tenía todo lo que aparentemente haría feliz y completa mi existencia en Londres. Al poco tiempo, sin embargo, mi vida se empezó a marchitar. Perdí completamente el sentido y me sumí en el más profundo de los abismos. Cuando llegó el verano decidí que era momento de volver.
El día de mi despedida, organizada en The Warrington Pub, un antiguo burdel, asistió media Embajada. Unos estaban allí por cariño, otros porque suele ser costumbre, entre funcionarios del servicio exterior, asistir a las despedidas de sus colegas. Casi al final, después de haber ingerido varias pintas de Guiness, sentí un perfume conocido e, inmediatamente, alguien que me tapaba los ojos. Cuando palpé sus manos para confirmarlo y sentí un prominente anillo, no tuve la menor duda.
Ahí estaba, envuelta en un aire de princesa en el exilio, con un velo negro que le cubría la frente. Su presencia -aunque nadie lo aceptara- nos suspendió a todos en otro aire. Su elegancia y su ritmo al hablar eran los mismos de siempre. No creí en todo lo que me dijo esa noche, pero fui capaz de confirmar la sustancia.

-- El hecho de que me hayas hablado sólo me confirma que somos de verdad.

De pronto sacó de su bolsa un libro. Era una edición con sus poesías completas que acababan de ser publicadas. Adentro estaban los mismos poemas que tantas veces escuché.

Alrededor, todos observaban a Jessica. Unos con asombro, otros con incredulidad, otros con risa. No me importaba. Brevemente le conté lo que habían sido los últimos meses en Londres y me dijo:

--Siento no haber estado ahí para ayudarte—dijo.
--No te disculpas, estabas ahí.

Y luego agregó:

--Sebastián, difícilmente encuentres en la vida una cultura en la que te puedas adaptar. Necesitas encontrar un cierto grupo de gente. Y créeme que hay gente valiosa en el mundo.

Antes de marcharse me dijo que quería dejarme Ashley Gardens. No hablaba de una herencia material, sino un espacio para, algún día, construir algo desde ahí.

Cuando aterrizábamos en la ciudad de México, habló el capitán:
--Damas y caballeros, por favor miren por la ventanilla. Parece haber un bonito día en la ciudad de México. Muy distinto de lo que decían los pronósticos.

Guerrillero-Dandy