Sunday, October 25, 2009

La respuesta de Castañeda

Brasil: gigante enano
Jorge G. Castañeda
Reforma

Viernes, 23 de octubre de 2009

Durante casi 15 años Brasil ha gozado del privilegio de tener buen gobierno: Cardoso y Lula y gabinetes competentes, e incluso un filósofo de Harvard -Mangabeira-. Gracias a esta fortuna, además de sus recursos naturales, la vitalidad y deseo de experimentar de su gente, está a punto de cumplir con el sueño: convertirse en una sociedad de clase media. Se ve acompañado por algunos países de AL, unos más exitosos -Chile y Uruguay- que otros -México y Colombia-, en lograr una situación interna que parecía inalcanzable una generación atrás.
Aún existe pobreza y una notable desigualdad, pero una década y media de buen gobierno, estabilidad y crecimiento modesto pero sostenido ha impulsado a casi 60 por ciento de la población a ser clase media baja. Brasil parece haber salido bien de la crisis, sufriendo sólo caídas menores este año, sin revertir su progreso. Por estos logros, así por sus dimensiones, ha comenzado a buscar un papel internacional acorde con sus avances, tanto por razones de orgullo y de ambición, como para consolidar sus éxitos internos. Las cosas se complican.

Ser gran potencia y pertenecer al club de las naciones líderes, implica responsabilidades. La primera, con características bien definidas, que Brasil ha buscado adquirir a lo largo de los últimos años, con éxitos y fracasos. La segunda implica tomar partido, elegir amigos y adversarios, mantener ciertos valores más allá de lugares comunes como la soberanía, la no intervención, el libre comercio, el cambio climático y ser anfitrión de olimpiadas.

La elección de Río como sede de los Juegos Olímpicos es un buen ejemplo. La victoria de Brasil fue expuesta como la culminación de su marcha hacia la grandeza, o su salida de la categoría de país de segunda, como lo dijo Lula. Pero incluso junto con la celebración del Mundial en 2014 no hay que exagerar. México tuvo este mismo doble logro hace 40 años y no pasó nada. No hay sustitos para el trabajo que se requiere para ser líder mundial, y Brasil está lejos.

Sus intentos por un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU han fracasado hasta ahora. Es poco probable que Lula tenga éxito antes de terminar su mandato.

Lo más importante, como lo demuestran las recientes acciones en América Latina, es que sigue dividido por la divergencia entre su neutralidad y principios diplomáticos del pasado, típicos del tercermundismo de antaño, y su responsabilidad teórica y mayor participación en la crisis de Honduras, en el conflicto entre Colombia y Venezuela, y en la construcción de un marco jurídico regional, por ejemplo, entre muchos otros temas.

Por un lado Brasil le ha dado asilo en su embajada en Tegucigalpa al presidente derrocado de Honduras, dejándolo utilizar, aunque de mala gana, las oficinas de la misión diplomática como su centro de operaciones. Pero, por el otro lado, se rehusó a cuestionar la creciente represión de Hugo Chávez a los medios de comunicación, al Poder Judicial y a la oposición venezolana. Ha cuestionado al presidente de Colombia, por su acuerdo con Estados Unidos de acceso a bases militares preexistentes en el país, aunque no ha dicho nada con respecto a las grandes compras de armamento ruso de Chávez, ni sobre su propia compra de aviones caza para su Fuerza Aérea.

En otras palabras, a diferencia de países como Israel y Cuba, quienes, para bien o para mal, han adquirido un peso internacional muy superior a su tamaño, Brasil muestra una participación en la arena mundial muy debajo de sus dimensiones o ambiciones. Es una lástima, porque mientras México se repliega cada vez más en la introspección y sus inagotables dilemas internos, América Latina necesita una voz en el mundo. Pero una voz que hable claro, y que defienda los valores que líderes como Lula han abanderado durante décadas, sin miedo a ofender a alguien por el mero hecho de luchar por ellos.

www.jorgecastaneda.org; jorgegcastaneda@gmail.com

Sobre enanos y gigantes

Sobre enanos y gigantes
--Hernán Gómez Bruera--
En una polémica entrevista a unos de los diarios más influyentes de Brasil, O Estado de Sao Paulo (27/09/09), Jorge G. Castañeda critica el papel asumido por esa nación al alojar en su embajada al depuesto presidente de Honduras, Manuel Zelaya. A juicio del ex canciller de Vicente Fox, Brasil se comportó como “un enano más que como un gigante diplomático”. Y es que para él, un país que es líder regional y que pretende ser líder mundial no debería involucrarse en los asuntos de una pequeña nación centroamericana. “Ese episodio de la embajada de Honduras –opina él-- es un asunto de república bananera”.
No es éste el espacio para discutir la impropiedad con la que el ex canciller de México se refiere a los asuntos de la República de Honduras. Seguramente su padre, Jorge Castañeda de la Rosa (el grande) reprobaría una declaración de ese tipo. Basta recordar el papel que, como Secretario de Relaciones Exteriores (1979 - 1982) desempeñó al reafirmar el liderazgo de México en Centroamérica y sus esfuerzos por la pacificación en la región. Pero seguramente tampoco Jorge G. Castañeda (el pequeño) veía a esos países como “repúblicas bananeras” cuando cultivaba relaciones con sus grupos guerrilleros en los no tan lejanos setenta.
Usos lingüísticos aparte, lo que en todo caso llama la atención es la noción de liderazgo proclamada por Castañeda y que parecen compartir buena parte de quienes, desde hace varios años, conducen la política exterior de México.
En la noción del ex canciller y de los que piensan como él (aunque por prudencia no hablan como él) da la impresión que para construir un liderazgo internacional no hace falta preocuparse por las naciones débiles o frágiles, sino subordinarse a los grandes y los poderosos de forma acrítica y consecuente. Como si el poder y la gloria fuesen atributos que llegan por contigüidad. Como si estar cerca de los grandes fuese capaz de reforzar nuestro lugar en el mundo.
Los efectos de esa visión saltan a la vista cuando constatamos los fracasos de nuestra política exterior. A pesar de su posición geográfica, el tamaño de su economía y su población, México ocupa un lugar cada vez menos relevante en el escenario internacional, como destacaron prácticamente todos los partidos durante la reciente comparecencia de Patricia Espinosa en la cámara de Diputados.
Aunque algunos ingenuos quisieran vernos como una “potencia media”, nuestro país no sólo está cada vez menos presente en el ámbito político latinoamericano. También ha sido incapaz de promover una integración con América del Norte que resulte favorable a los intereses nacionales y está lejos de sentar posiciones propias y novedosas en los espacios multilaterales, más allá de la repetición incansable de principios cada vez más vacíos de contenido.
No cabe duda que Brasil asumió una postura osada, sin precedentes, al admitir a Manuel Zelaya en su legación diplomática. La acción, sin embargo, le ha permitido al presidente Lula demostrar que su país es capaz de asumir la responsabilidad de un liderazgo regional a partir de principios y valores. Pero además, como bien afirmó el diplomático chileno Jorge Heine (El Pais, 30/09/09), al polemizar con Castañeda, “una potencia regional con aspiraciones globales que es incapaz de resolver crisis en su propio entorno no es tomada en serio en el resto del mundo”.
En los últimos días algunas voces han criticado la postura de Brasil por considerarla un acto de “intromisión en asuntos internos” (según Castañeda, por “alentar una subversión desde su embajada”). Sabemos que el principio de neutralidad es vago y sujeto a toda suerte de manipulaciones. Más allá de los pormenores del caso, cuando un presidente electo es obligado a salir del poder como resultado de un acto de fuerza y sin un juicio en el que se le permita defenderse, como ocurrió en Honduras, no es posible mantenerse indiferentes.
La acción de Brasil busca evitar un precedente peligroso en América Latina. La OEA y el gobierno de Estados Unidos ya temen que el golpe que derrocó al presidente Manuel Zelaya motive a sectores de Guatemala a seguir por caminos similares. Aunque Castañeda y los que piensan como él parezcan ignorarlo, lo que está en juego en Honduras no es sólo un asunto de política interna, sino el futuro de la democracia en la región.
Resulta triste observar el papel que algunos intelectuales y políticos, que siempre se llenaron la boca para defender de democracia, jueguen al distraído en un momento como éste. Pareciera que les importa más echar leña a la hoguera contra Hugo Chávez, por ser aliado de Zelaya, que defender los principios por los que, casualmente tanto critican al caudillo venezolano.
Analista político

Las irritantes palabras de Castañeda

domingo, 27 de setembro de 2009, 03:10 | Versão Impressa
0 comentário(s)
RuimRegularBomÓtimoExcelente62 votos
Gigante ou anão diplomático?
Papel do Brasil com Honduras não combina com a ambição de ter assento no Conselho de Segurança da ONU
Lúcia Guimarães - O Estado de S.Paulo Tamanho do texto? A A A A
NOVA YORK - Um ex-chanceler e intelectual público disposto a especular - abertamente - sobre deslizes de funcionários estrangeiros e potenciais interlocutores? Para quem ainda pensa em concorrer à presidência do México, a franqueza de Jorge Castañeda demonstra pouca preocupação com calos alheios. Em duas conversas que formam esta entrevista ao Aliás, o autor de livros sobre a história política da América Latina, incluindo biografia de Che Guevara, repete pacientemente suas ideias sobre o cenário instalado a partir da chegada de um hóspede bem trapalhão à embaixada do Brasil na cidade de Tegucigalpa, dias atrás.


VUELVE VE, MEL - Apoiadores de Manuel Zelaya fazem protesto em frente à embaixada brasileira na capital hondurenha, ocupada pelo presidente deposto, seus familiares e grupo de assessores

"Como é mesmo o nome do número 2 do Itamaraty?", pergunta. "O senhor está se referindo a Samuel Pinheiro Guimarães?", devolve a repórter. "Sim, ele é bem capaz de ter cumplicidade num episódio como esse, agindo na ausência do embaixador brasileiro... Isso é especulação." Procurado pelo Aliás, Pinheiro Guimarães preferiu não polemizar com o mexicano. Mas Castañeda absolve o presidente Lula e o chanceler Celso Amorim de envolvimento no episódio que marca a volta a Honduras do presidente deposto, Manuel Zelaya: "Isso é coisa de república de banana."

Veja também:
Um grita, o outro não escuta

Assim sintetiza a crise hondurenha o encarregado da política externa mexicana entre 2000 e 2003, ainda bastante surpreso com a movimentação de venezuelanos, cubanos, nicaraguenses e militantes salvadorenhos da FMLN, que identifica como "babás de Manuel Zelaya", possivelmente despachado por essa turma para a representação brasileira. E antes que alguém lance pedras em Hugo Chávez, Castañeda oferece uma palavra de cautela: afirma que o serviço de inteligência venezuelano nunca foi acusado, por exemplo, de ter a competência do Mossad israelense. Portanto, arrisca outro palpite, de novo sem meias palavras: diz que o imbróglio de Tegucigalpa tem a marca inconfundível de Cuba. E mais: acha que ditador deposto de país pequeno deveria procurar sua turma e deixar um gigante regional, como o Brasil, em paz. Ao falar em gigante geográfico, atalha com outra crítica. Diz que o Brasil se comporta como anão diplomático. Ou seja, terá que abrir mão do "chopinho" com Chávez, Castro, Ortega e da aversão a tomar posições firmes se quiser ser admitido no banquete dos poderes internacionais.

Na sexta-feira, enquanto policiais jogavam bombas de gás contra a embaixada brasileira e o Conselho de Segurança da ONU pedia o fim do cerco policial ao local, Jorge Castañeda desfazia malas em Manhattan para enfrentar o começo do semestre como professor de ciência política da Universidade de Nova York.


DROGAS - Novo livro de Castañeda trata do combate
ao tráfico no México
Como o senhor avalia a situação em Tegucigalpa?
Entendo que o Brasil não se envolveu na operação, que foi organizada por venezuelanos, cubanos, nicaraguenses e a FMLN de El Salvador. Um avião venezuelano pousou com Zelaya em Ilopango, El Salvador. Queriam levá-lo para a representação da ONU em Tegucigalpa. Mas como Chávez não consegue ficar calado, o público foi alertado, rodeou a missão e lá se foram com Zelaya para a embaixada brasileira. Sei que telefonaram para Celso Amorim, e o que ele podia fazer? Não teve escolha a não ser dizer sim. Mas é o tipo de coisa de que o Brasil não gosta - esse clima de faroeste em diplomacia. A operação, com os detalhes sabidos até agora, vai contra tudo que conhecemos sobre o comportamento do Itamaraty.

No começo do incidente, o senhor especulou se o secretário-geral do Itamaraty, Samuel Pinheiro Guimarães, não teria conhecimento prévio do plano. Por quê?
Sim, quando soube que o embaixador titular em Tegucigalpa não estava presente, apenas o encarregado de negócios. Porque é o tipo de coisa de que Samuel é capaz. Mas foi pura especulação. Não consigo acreditar que Lula ou Celso Amorim, sempre responsáveis e comedidos em sua conduta em política externa, tivessem participado da conspiração - porque ela coloca o Brasil numa situação delicada. Se Micheletti decidir, pode chegar e dizer: "Nós respeitamos a inviolabilidade da embaixada brasileira e assim damos salvo-conduto para Zelaya ir ao aeroporto e se asilar ". E, assim, o Brasil teria que ficar com Zelaya.

Por que o senhor considera a posição do Brasil embaraçosa?
Porque coloca sobre o Brasil a responsabilidade de corrigir um precedente perigoso. Não se pode fomentar uma insurreição política de dentro de uma embaixada. Estamos brincando com fogo aqui. Ao longo dos anos, milhares de latino-americanos salvaram suas vidas lançando mão do direito ao asilo político. Nós (mexicanos) abrigamos o presidente Héctor Cámpora na nossa embaixada em Buenos Aires e o drama se estendeu por mais de dois anos. Ele queria sair e o governo argentino não dava o salvo-conduto. No final, ele saiu por motivos humanitários, sofrendo com um tumor até morrer, no México, em 1980. A distinção entre o perseguido político e pessoas que estão fugindo da Justiça por motivos não políticos é fundamental. O princípio do asilo tem que ser preservado.

O senhor escreveu, no começo da crise, que era importante levar em conta as condições do golpe.
É, por definição, um golpe e deveria mesmo ter sido denunciado. Mas é um golpe em que os civis mantêm controle sobre as Forças Armadas e o calendário eleitoral intacto. O governo de facto é apoiado pelas principais instituições do país. Não houve prisões em massa ou tortura. Houve violações de direitos humanos nos protestos de rua, isso é deplorável e deve ser investigado. Mas é preciso deixar claro que não estamos falando do estádio de futebol de Santiago, nem de uma campanha sistemática de perseguição.

Como o senhor observou essa ironia de um episódio que coloca os governos Obama e Chávez no mesmo campo, já que ambos condenaram a deposição de Zelaya?
O governo dos EUA tem o coração no lugar certo e a mente em lugar nenhum. Mas não quer ser visto como cúmplice de um golpe. Barack Obama e Hillary Clinton estão cientes do envolvimento americano em episódios horríveis ao longo dos anos. Só acho que não elaboraram o quadro de maneira satisfatória, não só por causa das circunstâncias, mas por conta dos desdobramentos: as eleições já estavam marcadas. Todas as eleições que vêm de um governo autoritário são, por definição, ilegítimas? Se for assim, até Tancredo Neves poderia ser chamado de ilegítimo porque foi escolhido pelo general Figueiredo. Ou Patricio Aylwin, no Chile, Vicente Fox, no México, ou Lech Walesa, na Polônia. No entanto, ninguém se opôs a eles. São frutos de regimes ilegítimos que promoveram eleições. O argumento é estúpido. Como os americanos não pensaram bem, agora estão numa situação desconfortável.

Qual sua impressão da secretária de Estado, Hillary Clinton, e de sua política para o continente?
Não há muito a comentar. Ela não fez nada de muito bom ou ruim, mas confirmou o que pensávamos: que nunca teve interesse na região. Acho que o Obama ainda tem uma lua de mel pela frente nessa parte do mundo porque é inteligente, sofisticado. Ele tem uma grande reserva de boa vontade e esperança na America Latina.

O senhor vê um momento em que a relação amistosa do governo brasileiro com governantes como Chávez, Ortega e Castro poderá trazer problemas para o Brasil?
Depende do grau da esquizofrenia da política externa brasileira. Um país que quer ser um líder mundial com assento no Conselho de Segurança da ONU, que pretende ter mais peso no Banco Mundial, que desenha para si um papel decisivo na reunião de meio ambiente em Copenhague, pois bem, esse país vai ter que se conformar com certas responsabilidades. Não pode aparentar cumplicidade com radicais. Esse episódio da embaixada em Honduras é um desgaste. É coisa de república de banana. Ditador ou presidente deposto de Honduras deve se asilar num pequeno país centro-americano e não envolver um poder regional como o Brasil.Há um ano e meio fiz um discurso em Montevidéu que irritou muitos em Brasília. Disse que o Brasil é um pouco o oposto de Cuba e Israel. Eles são anões gigantes, porque têm um impacto internacional desproporcional a seu tamanho. E sugeri que o Brasil é um gigante que se comporta como um anão diplomático. O Brasil não gosta de tomar partido em disputas. Então, para quê lutar por um assento no Conselho de Segurança? Para ficar se abstendo, nas questões difíceis?

Mas o Brasil é reconhecido também pela competência de seu corpo diplomático.
Sim, concordo. Mas a maioria dos países importantes não escolhe diplomatas para ministro das Relações Exteriores. A França, a Alemanha ou os Estados Unidos escolhem os representantes entre pessoas que formulam a política externa. O serviço diplomático existe para executá-la. O que acontece quando o serviço diplomático articula a política externa é ele tentar ficar bem com todo mundo, evitar o confronto.

O senhor escreveu um artigo sobre a necessidade de os latino-americanos confrontarem Hugo Chávez. A última edição online da revista "Newsweek" traz uma entrevista do presidente Luiz Inácio Lula da Silva ao correspondente Mac Margolis, que o questionou sobre as restrições democráticas do regime de Hugo Chávez. Lula respondeu que não conhece nenhuma característica antidemocrática do governo venezuelano e concluiu que cada país deve estabelecer a democracia que lhe convém.
Ao fazer uma declaração como essa, Lula contradiz tudo pelo que lutou nos anos 70 e 80. Porque a ditadura brasileira era uma "democracia especial", nas palavras do general Golbery do Couto e Silva, lembra? Pergunte ao Raúl Castro e ele dirá também que Cuba é uma democracia. Os regimes europeus orientais comunistas também eram "repúblicas democráticas". A democracia não é subjetiva, especialmente se falamos de tratados, como o Mercosul. O Brasil é signatário de vários tratados internacionais, que incluem a democracia como cláusula incondicional. Quando o Lula diz algo assim, ele esquece, por exemplo, o Tratado de Ouro Preto, que define claramente democracia. Eu perguntaria ao presidente ao Lula: e se um líder latino decidir que democracia exclui sindicatos e o direito à greve? A democracia não é uma abstração.

O senhor diria que há diferentes nacionalismos em ascensão na America Latina?
Acho que o Brasil, o Mexico, talvez a Argentina, passam por períodos de fervor nacionalista. Geralmente acontecem quando as coisas estão indo muito bem ou muito mal. É um procedimento normal. Não aplaudo nem me assusta.

Estamos testemunhando uma miniguerra fria na América Latina?
Sim, e nesse cenário, Honduras é um país pouco decisivo. Mas é importante para Chávez e Cuba. E mais ainda para Ortega. O que parece incompreensível para mim é: por que Chile, Brasil e México, Canadá e os Estados Unidos não conseguem estabelecer uma política que condene o golpe, mas seja diferente da de Castro e Chávez? Vai ser difícil chegar a um acordo porque Chávez, Cuba e Ortega não querem acordo. Eles querem o Zelaya de volta. Querem manter Honduras na aliança bolivariana da Alba.

A instalação de bases americanas na Colômbia provocou forte reação dos vizinhos - em especial da Venezuela, que, por sua vez, anda negociando com russos e iranianos. Entramos num novo período geopolítico no continente?
Não sabemos ainda o que é real e o que é retórica. Chávez é o clássico demagogo latino-americano. Nunca se pode acreditar muito nele. Venezuelanos gostam de fazer declarações bombásticas. Estamos falando de povos, venezuelanos, iranianos, russos, que usam a retórica de uma forma política, uma forma que é hábil, mas não sincera. Eu não ficaria preocupado especulando se Chávez comprou US$ 3 bilhões disso ou daquilo, um submarino a mais. Comprou mesmo? Nem tudo o que ele diz é fato.

O ex-presidente Jimmy Carter teria a contribuir para o desfecho dessa crise?
Carter não é muito bem talhado para a tarefa. Como mediador e negociador, ele não é especialmente eficaz. Mas com o Carter Election Center, ele teve um grande papel no monitoramento de eleições em todo o mundo. A não ser com o acordo de Camp David, quando era presidente, não tem uma história de mediações bem-sucedidas.

Hoje , sexta-feira, 25 de setembro, o senhor imagina que a crise possa acabar em violência?
Não acredito que possa haver violência geral, talvez incidentes na rua. Vão dar um jeito de fazer Zelaya sair e talvez apontar um presidente interino até a eleição, mantendo o calendário político.

O presidente Lula, em Nova York, declarou: "Defendo para o Irã os mesmos direitos de acesso à energia nuclear que defendo para o Brasil. Se alguém tem vergonha de ter relações com o Irã, não é meu caso". Ao ser consultado sobre a insistência do presidente iraniano, Mahmoud Ahmadinejad, em negar o Holocausto, Lula respondeu: "Ele pensa diferente, não é problema meu".
Imagine se o Brasil estivesse no Conselho de Segurança da ONU: teria votado a favor ou contra as três rodadas de sanções já existentes? Não dá para ter o melhor dos dois mundos. É natural que um presidente tenha que atender às pressões domésticas e há um esquerdismo retórico que compensa o PT pela política econômica conservadora. Mas não dá para levar a extremos. Lula, até o momento, tem sido muito cuidadoso ao não se identificar com a esquerda radical. Só que a esquerda radical está ficando mais radical e mais internacional.

Se um líder europeu tivesse se referido a Ahmadinejad com as mesmas palavras, seria crucificado na imprensa ocidental. A falta de reação é sinal do papel menor do Brasil?
Não estão prestando muita atenção à visão do Brasil nessa semana. Não só porque há uma grande agenda a ser enfrentada, mas porque o Brasil não e um líder mundial. E se quiser se tornar um, não pode abrigar Manuel Zelaya, nem ajudá-lo à insurreição.

O senhor escreveu sobre luta armada na América Latina, sobre as revoluções e Che Guevara. Qual o livro que pede para ser escrito neste momento?
Um livro que revisite a esquerda, 17 anos depois da utopia armada. Alguém deveria escrever esse livro e revisitar as questões em que errei e acertei. Estava certo em muitos aspectos, por exemplo, a luta armada estava no fim. Uma esquerda social-democrata se tornaria maioria. Isso até aconteceu com países como Brasil, Chile, Uruguai, mas por que o resto do continente não se reconstruiu nessa direção? Por que ainda há figuras como Hugo Chávez, Evo Morales e Daniel Ortega no poder? Por que as Farc? Por que o kirchnerismo, cujas posições são tão condenadas pelo mundo, menos na América Latina? Hoje, vejo que os países mais importantes estavam prontos para uma mudança na perspectiva democrática. Mas os menores foram em oura direção.

Seu novo livro, 'El Narco: La Guerra Fallida', escrito com Rubén Aguilar, faz duras críticas à guerra aos traficantes. Por quê?
Porque o assunto se tornou importante demais. O governo mexicano só fala nisso. O país está obcecado. E também porque acredito que seja uma guerra baseada em premissas falsas. Como a de que o consumo de drogas cresceu. De acordo com pesquisas patrocinadas pelo próprio governo do México, mas não publicadas, o aumento do consumo foi marginal e menor do que em outros países. Outra premissa falsa: o aumento da violência. Vejamos: entre 1992 e 2006, o número de homicídios no México caiu sistematicamente. Chegou a ser de 10 assassinatos por 100 mil habitantes, índice mais baixo do que o do Brasil ou da Venezuela.

Mas por que se fala tanto na explosão da violência no México?
A mídia vê as impressões, eu analiso números. Realmente, presta-se mais atenção em vítimas decapitadas, do que em corpos deslizando silenciosamente nos rios. Mas estamos falando de 2006. Hoje a violência aumentou muito, justamente por conta da guerra que o presidente Felipe Calderón começou. Ele sentia que havia dúvidas sobre sua legitimidade política e tomou uma decisão: fazer a guerra contra o tráfico. Montou uma armadilha para si mesmo.

Qual o papel americano numa solução para o tráfico de drogas?
Não acho que os EUA tenham um papel decisivo no momento. Você conhece, entre as pessoas que frequenta socialmente aqui em Nova York, alguém defendendo a ideia de que o governo deva gastar mais no combate às drogas, do que com tantos outros problemas, como pobreza, educação, ids? É uma ideia absurda essa de que, se os americanos consumissem menos, haveria menos suprimento de drogas. Há 30 anos a demanda por drogas entre os americanos não diminui e não há razão para acreditar que essa tendência vai mudar. Trata-se de uma sociedade estável e uma porcentagem dela consome drogas. O problema é que, com a guerra aos cartéis, chegamos a um impasse: foram 700 execuções , só no mês de julho.

O que o senhor propõe no livro?
Primeiro, que o governo tenha uma política de atacar o efeito colateral do narcotráfico. É preciso combater sequestros e outros tipos de crimes que são subproduto do tráfico. Não adianta lançar uma guerra contra este ou aquele cartel. O presidente colombiano, Álvaro Uribe, conseguiu fazer isso no seu país. Diminuiu o número de sequestros, desmantelou grupos guerrilheiros e o suporte que permite a atividade. A outra sugestão que fazemos é a da descriminalização das drogas no México. É preciso retirar todo incentivo para a atividade ilegal.

O senhor ainda pretende concorrer à presidência do México?
Sim, mas só me lançaria como candidato se um dos partidos me aceitasse, já que é tarde demais para formar um partido a tempo de concorrer em 2012.

Dictadores de ayer y de hoy

-Hernán F. Gómez-
(publicado en El Universal)

El caso de Manuel Zelaya, refugiado en la embajada de Brasil en Honduras, es inédito en la historia. Nunca antes un presidente constitucional, despojado a la fuerza de sus funciones, había entrado a una legación extranjera para proclamar desde allí su restablecimiento en el poder. Sin embargo, el siglo XX latinoamericano, pletórico de dictaduras, nos dio experiencias de líderes políticos de peso que se vieron obligados a asilarse en embajadas y permanecer allí largos años.
El caso más conocido fue el de Raúl Haya de la Torre, quien en 1949 ingresó a la embajada colombiana en Lima, donde permaneció cinco años sin que el gobierno militar peruano le permitiera salir del país. El fundador del APRA sólo obtuvo un salvoconducto para dejar ese encierro forzado en 1954. Aunque su caso sentó un precedente importante en el derecho internacional, no fue suficiente para evitar una experiencia similar, en 1976, con el ex presidente argentino Héctor Campora.
No fue casual que Cámpora, electo presidente en 1973 para cederle inmediatamente el poder al general Perón, buscara refugio en la embajada de México en Buenos Aires. El ex presidente ingresó allí poco tiempo después del golpe de marzo de 1976. Unos días después se le unió Juan Manuel Abal Medina, líder de la Juventud Peronista a quien los militares también perseguían.
Durante mucho tiempo esperaron que la Junta Militar les otorgara un salvoconducto para trasladarse a México, conforme establece el derecho de asilo. Pero los días se convirtieron en meses y los meses en años y la autorización nunca llegó. Cámpora sólo logró salir de allí a finales de 1979, cuando se comprobó que tenía un cáncer terminal; Abal Medina, en cambio, tuvo que esperar allí por más de seis años, superando así todos los records.
Los tiempos eran otros. De más resulta decir que Cámpora no podía pensar siquiera en asomarse al balcón para saludar a sus simpatizantes, como lo hizo Zelaya. No solamente porque hubiera sido víctima de algún un francotirador, sino porque no había un alma que en la Argentina de entonces se atreviera a salir a las calles o a desafiar el toque de queda. Los dictadores tenían un control absoluto y ya habían comenzado a organizar un baño de sangre en todo el país. 30 mil muertos y desaparecidos fue el saldo de esos años de horror.
No existió entonces nada que se pareciera a una condena internacional, como hemos con Honduras. No había OEA ni Consejo de Seguridad interesado en oponerse. La Junta Militar se mantenía con la connivencia del gobierno de Estados Unidos, pero también de los soviéticos, que supieron hacer buenos negocios con el general Videla. Salvo honrosas excepciones como la de México, que entonces tenía una política exterior de la que podíamos enorgullecernos, no había demasiados países amigos. Prácticamente todas las naciones sudamericanas eran gobernadas por dictadores o se hacían de la vista gorda frente a éstos.
Ese tiempo de dictaduras es un tiempo que pasó en América Latina. Los hombres que despojaron a Zelaya de la presidencia hondureña para subirlo a un avión en pijama, también lo saben. Por eso disfrazan su acción en legalismos, mantienen una apariencia de división de poderes que no era común en las dictaduras de ayer, presentan sus estrategias represivas como intentos por imponer el orden público y actúan sigilosamente sembrando pruebas contra opositores o intimidando adversarios. Se trata de dictadores vergonzantes, gobiernos de facto que no osan confesar su nombre.
Resulta emblemático que una buena parte de las condenas al golpe en Honduras provengan de gobiernos cuyos representantes fueron víctimas de dictaduras o se enfrentaron a ellas. Michelle Bachelet, Tabaré Vazquez, Cristina Fernandez, Lula da Silva… el propio secretario general de la OEA, José Miguel Insulza. Algunos de ellos padecieron cárcel, tortura y exilio en la década del setenta.
Por qué a pesar de esa condena a la que se suman, entre otros, los gobiernos de Estados Unidos, España, México, la Unión Europea, el Consejo de Seguridad de la ONU y la OEA se ha mantenido el gobierno de Micheletti? En parte porque nuestras instituciones internacionales son todavía muy débiles y no logran acciones conjuntas y efectivas en casos como éste. Las iniciativas posibles todavía dependen de las voluntades y los intereses de los países más poderosos.
Pero eso no es lo que más preocupa. Lo que debe realmente alertarnos es que existe todavía en América Latina una élite rancia que sólo acepta las reglas de la democracia mientras no incomode los intereses de su quintal. La época de los grandes dictadores pasó, pero quedan todavía pequeños dictadorzuelos; sujetos que irónicamente se presentan como defensores del estado de derecho.
La democracia que América Latina ha logrado conquistar --con todo y sus defectos, sus insuficiencias y sus contradicciones-- sólo logrará preservarse y tener algún futuro si conseguimos ser implacables contra ellos.
Analista político