Thursday, February 15, 2007

Una misiva desde Bahia de Banderas








Una misiva desde Bahía de Banderas

Bahía de Banderas, 23 de febrero de 2002

Luego de un buen rato de tanteo en la oscuridad he logrado encontrar el reloj y he descubierto que eran más de las tres de la mañana. Largas horas de sueño si tomamos en cuenta que recién se metió el sol caí rendido, aunque pocas para completar el ciclo de la noche.
La tuya ha sido una excelente compañía. Mientras todos dormían encimados en la camioneta, estuviste charlando conmigo en la soledad del camino durante mis largas horas de vigilia. Al fin he logrado entender que no vinimos al mundo a completar una misión del destino ni tampoco estamos aquí por una sola cosa.
Empieza a quedarme claro que la razón de estar aquí no es ser redentores ni mesías. Vinimos a algo mucho más humilde que eso. Vinimos -entre otras cosas- a ser felices. Y aunque no podamos siempre serlo, esa es debiera ser nuestra principal responsabilidad.
Creo que ya lo entendí mejor y eso me ha deshecho algunas telarañas. De verdad que es alentador que actúes como un angelito bueno que te habla al oído. ¿Pero no crees que todavía tengo que aprender muchas cosas más para vivir con cierta armonía?
He pensado a veces que crecer tal vez no sea tan malo. En mi caso, podría incluso favorecerme. Sin duda que mi persona sería más tolerable para muchos. Pero no sólo eso: tal vez me permitiría trascender ese estado de estupidez inherente a la adolescencia.
Si, tienes razón, pero si en este momento de mi vida creciera, si, por ejemplo, me sucediera de repente lo que a Alicia en el País de las Maravillas, si creciera, creciera y creciera, el tamaño de mi ego crecería en proporción. Por favor no lo permitas, sigo prefiriendo El Principito antes que El Príncipe.
Por cierto, Alicia es un gran libro, ¿no te parece? Todavía no leí la continuación, a través del espejo, pero el País de las maravillas guarda verdaderas enseñanzas acerca de la vida. Imposible olvidar al gato Cheshire.
Cuando escribía “reflexiones en el jardín”, acompañado de las esculturas del Museo de Arte Moderno, quería llegar a eso. Sucedió, sin embargo que ya era tarde y no podía permanecer en aquel sitio.
Iba apresurado en mi bicicleta, casco puesto rumbo a casa, para evitar que del ambiente se apoderara la noche. De pronto pasé al lado de dos darkis estilo gótico y sabe Dios cuantas más especificaciones modernas (algún día tendrás que explicarme si el sectarismo prolifera más en la modernidad o si sólo es una forma de aparentar que aceptamos lo distinto).
El caso es que eran esos los primeros anocheceres del año y yo corría todavía con el ímpetu del año nuevo que para este me proyectaban a conocer mundos distintos y me detuve junto a las dos oscuras “señoritas de la noche”. Entonces les dije que había escrito algo que les quería leer y les pregunté si me daban unos minutos.
Luego de asombrarse, y antes de contestarme, sin siquiera observar el reloj miraron hacia el cielo. Se hacía de noche y eso parecía estimular la permanencia de las amantes de la obscuridad.
Al principio escuchaban mi texto ingrávidas y algo confundidas. Sin embargo, cuando llegué a mis infantiles ambiciones presidenciales las risas se apoderaron de ellas sin quererse ir. Creo que fueron muy generosas al hacerlo. Si uno no es capaz de reírse de sí mismo, tal vez alguien tenga que enseñárnoslo.
Cuando terminé de leer les pedí su opinión. Entonces comenzó una larguísima charla. Nunca pensé que pudiera aprender algo de unas darkis de El Chopo. Una de ellas me dijo algo muy importante, o que al menos en su momento me lo pareció: “Yo no estoy segura de que exista un sentido en la vida, creo que más bien uno le va encontrando diferentes sentidos en diferentes momentos”
No fueron esas exactamente sus palabras, pero recuerdo que muy en su estilo agregó: “Además, creo que si la vida tuviera algo así como un sentido sería muy aburrida porque todas las personas se dirigirían hacia allá, todas hacia el mismo lugar”.
Estuve a punto de irme a una fiesta gótica esa misma noche conmovido por las reflexiones vanguardistas de mis interlocutoras. No lo hice, pero recuerdo que volví a casa despreocupado y muy a gusto conmigo y con la noche. Cuando vuelvo a recordar, no puedo evitar encontrar cierta asociación con el minino Cheshire. ¿Te acuerdas? Fue así:
- ¿Podría decirme, por favor, qué camino debo tomar desde aquí?
- Eso depende de a dónde quieras ir –respondió el Gato.
- A decir verdad no me importa mucho...
- Entonces no importa qué camino tomes...
- ...Siempre y cuando llegue a alguna parte –continuó Alicia a modo de explicación.
- ¡Oh, llegarás, puedes estar segura, si caminas lo suficiente!

Nunca habíamos hablado durante tantas horas. Aunque el viaje fue largo, yo te iba contando estas y otras cosas. Los detalles son circunstanciales, siempre lo son y más en este caso. ¿Qué relevancia tienen? Si la tuvieran la poesía no prescindiría de ellos. Los detalles importan en la medida en que les damos significado.
Ya casi son las cinco ¿Debería dormir y evitar así el estar aletargado mañana como lo estuve ayer? Sucede que como no dejaste de hablar en toda la noche se me fueron las horas se sueño. Al final del camino, cuando las curvas se hacen más pronunciadas, me dijiste que me durmiera un rato.
Cómo eres. Me pides que me duerma, pero tú sigues hable que hable. Bueno, no hay problema, no te preocupes que de todas maneras yo puedo escuchar en mis sueños. Después de todo, las fronteras entre la vigilia y el sueño son tan poco precisas como las que supuestamente hay entre la realidad y la ficción.
Me encanta el mar. Soy uno con él y otro sin él. Cuando llegamos a Punta Mita, aquí en Bahía de Banderas, fui hasta él hipnotizado. Recuerdo que deglutí un suculento desayuno, ensombrecido por un Tang que se pretendía de naranja.
Qué bonita es la playa cuando no está engentada. Tenía la idea de que veríamos la ballena azúl y el Discovery Chanel, pero claramente la observación fue mucho más modesta y Moby Dick decidió no venir a visitarnos.
¿Sabes qué? No me dio miedo bajar, ni tantito. Allá todo es distinto, eres como un astronauta inspeccionando un nuevo planeta y se te antoja perderte entre castillos de coral.
Fue una pena que el agua estuviese algo turbia, pero fue una pena mayor que los dive masters nos cuidasen todo el tiempo como rebaño. Y es que abajo se pierden las proporciones y la orientación. El canto de las sirenas te llama por todos lados. Por eso debe haber siempre un instructor que te recuerde que tu sitio está allá arriba y que no te hagas guey.
¿Te cuento una cosa? El traje que me dieron estaba pésimo. Al regulador se le salía el aire y de las correderas se desprendía el tanque a cada rato. Yo –entre idiotizado por el cansancio, ensimismado por el espectáculo y tú, que encima no parabas de hablar- ni me daba cuenta.
Sólo sentía que me arreglaban el traje entre una, dos y tres personas. Estaban todos tan pendientes de mí que dejé yo de estarlo. Como ves, una no muy buena lección de responsabilidad personal.
¿Te gustó conocer ese mundo subacuático o ya lo conocías? ¿Pudiste sentir como al bajar se me contraía el cerebro y los pulmones y todo, todo se me oprimía? ¿y qué tal el vacío que provoca el visor y como se te embarra en la cara? ¿Pero viste que bien me lo quité y me lo puse? ¿Y te diste cuenta de cómo me lo quité allá abajo y lo volví a llenar todo soplando por la nariz? ¡No estuvo mal para ser la primera vez! ¿O sí?
¡Qué loco es cuando bajas, no? No bien has desinflado el chaleco y los plomos comienzan lentamente a hundirte caes como si fueras en un paracaídas: lenta y pausadamente te vas suspendiendo la incertidumbre del océano.
Dios, todavía es de noche. Sólo han pasado las cinco ¿Qué hago? ¿Me voy a dormir? Es que si me duermo ahora al ratito no me voy a poder despertar, pero si no me duermo...