Iglesia, terapia y píldoras antidepresivas
-por Hernán Gómez Bruera-
El viernes por la noche, asistí a una más de esas sesiones terapéuticas a las que he concurrido desde hace unos meses para hacer más soportable mi estadía en los confínes de este país meridional que ha acentuado mi soledad y mi natural tendencia al aislamiento. Aunque no creo demasiado en las terapias tradicionales, especialmente en aquéllas que se eternizan por los siglos de los siglos hasta generar una perversa dependencia entre el terapeuta y su víctima, me parece que la neurosis social nos obliga a la elemental responsabilidad ciudadana de hacer un trabajo con nosotros mismos.
Así pues, lo más cercano que encontré fue hacer un psicodrama recomendado desde México por presunto destacado especialista que me hizo toparme a una mujer de melodiosa voz que, aunque no consiguió impresionarme, transmitía un cariño maternal que me animó a intentarlo.
La terapia comenzó bien, pero a los pocos meses sentí que lo único que hacíamos era hablar y reflexionar sobre los grandes problemas de la existencia, mientras esencialmente todo seguía igual. Se lo dije a la dulce mujer y me puso a dramatizar, a pesar de que no me creía aún listo para ello. Lo hice tan bien que ella misma se sorprendió. Y es que dramatizar es lo mío, me fascina llevar las cosas al extremo; es mi especial forma de sentirme vivo.
Dramaticé una dos y tres veces, dándole el gusto profesional de verme derramar lágrimas como un niño. Y como los terapeutas de hoy buscan para todo una razón en la infancia, me hizo revivir ese 1976 en el que mis padres tuvieron que dejar su militancia política y huir de la Argentina conmigo en calidad de espermatozoide fecundado en óvulo, para evitar ser una víctima más del régimen militar. Así, me topé con que soy un “hijo del terror” que mamó el miedo desde el día en que fue concebido en el mes de marzo de 1976, justo cuando el general Videla se hizo de la Junta Militar.
Como si el daño fundacional no fuera suficiente, pasamos al posterior divorcio de mis padres y a la ruptura que eso significó en mi biografía. “Claro, te tuvieron toda tu infancia de un lado para otro, sin un hogar fijo. Con todas estas cosas, es natural que hoy huyas del afecto y de las personas. Fue una forma de sobrevivencia y adaptación”, sentenció mi psicodramaturaga.
¡Caramba, qué coincidencia! Casualmente en las mismas fechas en que abordábamos mis traumas infantiles como hijo de exiliados políticos y padres separados, en Chile se discute la primera ley de devorcio, el único país del mundo occidental que no lo permite formalmente. La Vicaría de la Familia --con el respaldo de la Iglesia católica chilena y las conservadoras élites que controlan esta nación-- han lanzado una campaña en contra de la propuesta de ley que se discute en el Senado.
La campaña televisiva, que está gastando fortunas en “no dividir a Chile”, constituye una auténtica manipulación de lo que son los hijos de padres divorciados. Con presuntas bases científicas, una serie de spots que aparecen en horario triple A, se muestran con gráficas los resultados de una encuesta elaborada en Estados Unidos según la cual los hijos de estos padres son más propensos a la drogadicción, tienen un menor rendimiento escolar y cometen más crímenes.
Nada tiene que ver esto con mi terapeuta y creo (o quiero creer) que ella es una persona evolucionadas que no sostiene este tipo de argumentos. Sin embargo, el viernes pasado cuando llegué a decirle que aquéllo no caminaba a ningún lado y que luego de asistir a sus sesiones volvía a ser el mismo especímen insensible y workahólico, fácil presa del sinsentido y apático ante cualquier hecho mundano de la vida.
Entonces ella reviró con un golpe mortal: “Sabes, Hernán, creo que tienes un principio de depresión. Tu ya sabes cuáles son tus problemas y lo que puedes hacer para solucionarlos. Sin embargo, no haces nada y no quieres hacer nada. Cuando uno tiene sed y no quiere ir por agua y no le gusata el agua, es porque tiene un problema químico que se llama depresión. Probablemente tengas esto desde pequeño.” Y ante mi completa estupefacción pronunció: “He considerado derivarte con un especialista que determine si necesitas antidepresivos”.
La odié profundamente. ¿Cómo se atrevía a decirme eso? ¿Por qué razón? ¿Porque paso días enteros encerrado en mi departamento si querer ver a nadie? ¿Porque no voy al centro comercial los domignos? ¿Por qué no tengo vida familiar? ¿Por qué no comparto la rutina diaria con nadie más? ¿Porque expreso mis emociones casi exclusivamente por escrito? Extraño o no extraño, pero los dogmas psicoanalíticos a veces no están tan alejados de los dogmas de la Iglesia.
Pensándolo bien, tal vez las píldoras antidepresivas no sean una mala opción. Al menos es preferible la felicidad farmacológica que la que promete la Vicaría de la Familia o la Sociedad Psicodramática de Chile.
1 comment:
Me haces reír, Hernán, con tu dramático post. Me recuerdas un poco a mí mismo, y mucho al Hernán que conocí hace ya varios años.
Un fuerte abrazo.
Sael
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