Sunday, October 25, 2009

Sobre enanos y gigantes

Sobre enanos y gigantes
--Hernán Gómez Bruera--
En una polémica entrevista a unos de los diarios más influyentes de Brasil, O Estado de Sao Paulo (27/09/09), Jorge G. Castañeda critica el papel asumido por esa nación al alojar en su embajada al depuesto presidente de Honduras, Manuel Zelaya. A juicio del ex canciller de Vicente Fox, Brasil se comportó como “un enano más que como un gigante diplomático”. Y es que para él, un país que es líder regional y que pretende ser líder mundial no debería involucrarse en los asuntos de una pequeña nación centroamericana. “Ese episodio de la embajada de Honduras –opina él-- es un asunto de república bananera”.
No es éste el espacio para discutir la impropiedad con la que el ex canciller de México se refiere a los asuntos de la República de Honduras. Seguramente su padre, Jorge Castañeda de la Rosa (el grande) reprobaría una declaración de ese tipo. Basta recordar el papel que, como Secretario de Relaciones Exteriores (1979 - 1982) desempeñó al reafirmar el liderazgo de México en Centroamérica y sus esfuerzos por la pacificación en la región. Pero seguramente tampoco Jorge G. Castañeda (el pequeño) veía a esos países como “repúblicas bananeras” cuando cultivaba relaciones con sus grupos guerrilleros en los no tan lejanos setenta.
Usos lingüísticos aparte, lo que en todo caso llama la atención es la noción de liderazgo proclamada por Castañeda y que parecen compartir buena parte de quienes, desde hace varios años, conducen la política exterior de México.
En la noción del ex canciller y de los que piensan como él (aunque por prudencia no hablan como él) da la impresión que para construir un liderazgo internacional no hace falta preocuparse por las naciones débiles o frágiles, sino subordinarse a los grandes y los poderosos de forma acrítica y consecuente. Como si el poder y la gloria fuesen atributos que llegan por contigüidad. Como si estar cerca de los grandes fuese capaz de reforzar nuestro lugar en el mundo.
Los efectos de esa visión saltan a la vista cuando constatamos los fracasos de nuestra política exterior. A pesar de su posición geográfica, el tamaño de su economía y su población, México ocupa un lugar cada vez menos relevante en el escenario internacional, como destacaron prácticamente todos los partidos durante la reciente comparecencia de Patricia Espinosa en la cámara de Diputados.
Aunque algunos ingenuos quisieran vernos como una “potencia media”, nuestro país no sólo está cada vez menos presente en el ámbito político latinoamericano. También ha sido incapaz de promover una integración con América del Norte que resulte favorable a los intereses nacionales y está lejos de sentar posiciones propias y novedosas en los espacios multilaterales, más allá de la repetición incansable de principios cada vez más vacíos de contenido.
No cabe duda que Brasil asumió una postura osada, sin precedentes, al admitir a Manuel Zelaya en su legación diplomática. La acción, sin embargo, le ha permitido al presidente Lula demostrar que su país es capaz de asumir la responsabilidad de un liderazgo regional a partir de principios y valores. Pero además, como bien afirmó el diplomático chileno Jorge Heine (El Pais, 30/09/09), al polemizar con Castañeda, “una potencia regional con aspiraciones globales que es incapaz de resolver crisis en su propio entorno no es tomada en serio en el resto del mundo”.
En los últimos días algunas voces han criticado la postura de Brasil por considerarla un acto de “intromisión en asuntos internos” (según Castañeda, por “alentar una subversión desde su embajada”). Sabemos que el principio de neutralidad es vago y sujeto a toda suerte de manipulaciones. Más allá de los pormenores del caso, cuando un presidente electo es obligado a salir del poder como resultado de un acto de fuerza y sin un juicio en el que se le permita defenderse, como ocurrió en Honduras, no es posible mantenerse indiferentes.
La acción de Brasil busca evitar un precedente peligroso en América Latina. La OEA y el gobierno de Estados Unidos ya temen que el golpe que derrocó al presidente Manuel Zelaya motive a sectores de Guatemala a seguir por caminos similares. Aunque Castañeda y los que piensan como él parezcan ignorarlo, lo que está en juego en Honduras no es sólo un asunto de política interna, sino el futuro de la democracia en la región.
Resulta triste observar el papel que algunos intelectuales y políticos, que siempre se llenaron la boca para defender de democracia, jueguen al distraído en un momento como éste. Pareciera que les importa más echar leña a la hoguera contra Hugo Chávez, por ser aliado de Zelaya, que defender los principios por los que, casualmente tanto critican al caudillo venezolano.
Analista político

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